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24 de febrero: Beata Josefa Naval Girbés, "Señora Pepa", laica

- «¡La Señora Pepa ha abierto un taller de bordado en su casa y dicen que las clases van a ser gratis!»

-  ¡Vecina!, que bueno que la encuentro, hace días que hay problemas entre los Fernández, porque no va a decirle a la Señora Pepa para que hable con ellos…

- ¡Gracias Señora Pepa! Como siempre nuestro templo parroquial está hecho un anís.

En el pueblo de Algemesí, en Valencia, España; todos conocían perfectamente quien era la Señora Pepa. Conocían a su familia, los Naval Girbés, quienes hacía muchos años habían puesto el nombre de Josefa a su primera hija a quien llamaban cariñosamente “Pepa”. Pepa había nacido el 11 de diciembre de 1820 y como la mayor de cinco hermanos, había madurado rápidamente gracias a las responsabilidades que le había tocado asumir en su hogar.

Pepa manifestó una sensibilidad particular para las cosas de Dios a quien se consagró virginalmente cuando era joven. Tenía la certeza interior de que Dios no la quería en la vida religiosa sino sirviéndolo en su comunidad parroquial. Para ese entonces sus paisanos la conocían como una chica muy pegada a las cosas de Iglesia, sencilla, de buen carácter y trabajadora.

Un tiempo importante de su vida lo dedicó a la enseñanza. Organizaba en su casa reuniones con madres de familia para enseñarles el Catecismo y otras cosas de la fe. Pero la obra que seguramente le era más querida, era la formación humana y religiosa de las jóvenes, para quienes abrió en su casa una escuela gratuita de bordado, en la que tenía gran maestría. Las clases en aquel taller se convirtieron para muchas jóvenes de su pueblo natal, en el lugar donde se reunían como amigas a rezar y profundizar en la fe y en la Sagrada Escritura, además de realizar también muchas obras de caridad para con los más pobres de Algemesí

Pepa, que ya cuando dejó de ser joven, era llamada por todos “Señora Pepa”, fue miembro de la Tercera Orden de los Carmelitas. En vida fue reconocida como un angel para su pueblo. El Señor viendo que su hija Pepa había cumplido fielmente el mandamiento del amor en su vida, la llamó a su presencia el 24 de febrero de 1893. Su cuerpo se conserva en la iglesia parroquial de Santiago de su ciudad natal. El 25 de septiembre de 1988 fue beatificada en Roma por el Papa Juan Pablo II.

Pepa dedicaba entre sus responsabilidades en la casa, un tiempo largo para encontrarse con el Señor en la oración. Nadie se podía quejar de ella, Pepa siempre estaba atenta a todo y lo mejor era que cumplía con perfección y rápidez sus tareas. La parroquia en la que participaba desde niña en su pueblo natal estaba dedicada al apóstol Santiago. Su párroco era un buen sacerdote a quien pedía consejo y a quien comenzó a ayudar en todo lo que necesitara. Pepa confeccionaba y mantenía en perfecto estado los ornamentos litúrgicos, ponía y cambiaba las flores de los altares y mantenía el templo impecable. Enseñaba a los pobres, aconsejaba a todos los que se confiaban a ella y le pedían consejo, intervenía para restaurar la paz entre las familias, etc.

 


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