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Homilia Año de la Fe inicio

Queridos Hermanos,

No hace mucho el Papa Benedicto XVI llamó a toda la Iglesia en el mundo a celebrar un año dedicado a la virtud teologal de la fe. Hoy, respondiendo a esta llamada damos inicio a este tiempo dedicado a profundizar en la fe de la Iglesia, nuestro gran Tesoro.

La fe es ante todo un regalo de Dios. Recibámosla siempre con gratitud y humildad. No somos dueños de ella ni sus propietarios. Es Dios quien la ha regalado y entregado a su Iglesia. Este regalo lo ha dado revelándose a Sí mismo en medio de la historia humana. Quiso manifestarse al hombre que se había alejado de Él y que, pecando, oscureció en su conciencia la noción de Dios, apartándose de su Ser y Amor. Aún hoy son muchos los que no le conocen y se preguntan: ¿quién es Él? ¿Dónde le podemos encontrar? ¿Tiene Dios un rostro concreto.

Si, Jesucristo es ese rostro concreto. Él es la revelación del Padre. En Él Dios se ha dado a conocer al hombre: su amor y misericordia; su grandeza insondable a la vez que su cercanía absoluta. Él, Jesucristo, es la palabra definitiva de Dios al hombre. Y Dios mismo “juzgó conveniente para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de nuestra salvación” (Hb.2,10). Su muerte en cruz y su resurrección han sido el precio de nuestro rescate.

Queridos hermanos, la Iglesia, fundada sobre Jesucristo es depositaria así como deudora de este gran tesoro de la fe. Ella, Esposa de Cristo y su Cuerpo Místico, se encuentra al servicio de la revelación, para bien de toda la humanidad. Su magisterio, sus sacramentos, sus instituciones divinas y humanas y toda su actividad apostólica no tienen otro sentido que -en fidelidad a su Señor- ofrecer este don a los hombres: “Id por todo el mundo enseñando lo que yo os he comunicado”.

La nueva evangelización está orientada a la transmisión de la fe. También hoy son muchos los alejados de la fe; muchos los que incluso siendo católicos ignoran por completo las exigencias del Evangelio. Ahora bien, “nadie puede creer solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo. Como creyentes sabemos que hemos recibido la fe de otros, así que debemos transmitirla a otros. Es por eso que nuestro amor a Jesús y a los hombres nos impulsa a hablar a otros de nuestra fe. Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes”. (CEC166)

Queridos hermanos, en este año dedicado a la fe acojamos este tesoro como María Santísima; Ella supo escuchar reverente y atenta la palabra de Dios. Ella también respondió con un testimonio de total fidelidad a las exigencias de la fe.

Sí, la fe nace de la escucha de la Palabra de Dios y es nuestra respuesta personal a ella. Que el presente sea un año en que en nuestras parroquias, comunidades y familias escuchemos más al Señor. El nos habla por su Palabra. De esa escucha nace la “obediencia de la fe”. Y “obedecer en la fe es someterse libremente a la palabra escuchada…. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. Y la Virgen María es la realización más perfecta de la misma”. (CEC144)

A la fe – revelación corresponde pues la fe como respuesta, como testimonio de vida, como obediencia y amor a la Iglesia. Con humildad oremos en este año al Señor: “Creo Señor, pero aumenta mi fe”. Pedir este aumento es también reconocer que nos falta crecer en la fe. Y siendo honestos, ¿cuánto deja que desear a veces nuestra coherencia cristiana? Es razón para pensar que este año será también un tiempo de conversión personal y comunitaria. Si bien nuestra fe no es en primer lugar ni una ética o moral sin embargo se debería traducir cada vez mas en una vida conforme al evangelio y esto tiene claras implicancias morales en nuestra vida. No es pues dable que de palabra nos digamos católicos y que luego en nuestra vida familiar, laboral, o en los centros de estudio nos dejemos llevar por estilos de vida y conductas totalmente contrarias al evangelio.

En este sentido el Papa Benedicto nos decía hace poco que “no se puede hablar de la nueva evangelización sin una disposición sincera de conversión. Dejarse reconciliar con Dios y con el prójimo (cf.2 Cor.5,20) es la vía maestra de la nueva evangelización. Únicamente purificados, los cristianos podrán encontrar el legítimo orgullo de su dignidad de hijos de Dios, creados a su imagen y redimidos con la sangre preciosa de Jesucristo, y experimentar su alegría para compartirla con todos”.

Queridos hermanos, con el año de la fe el Santo Padre nos invita a celebrar también los 50 años de la inauguración del Concilio Vaticano II. Fue precisamente este Concilio el que nos recordó la corresponsabilidad de todos los fieles católicos en la vida y misión de la Iglesia: laicos, religiosos y clero; cada quien desde su vocación específica. A esta corresponsabilidad le dio además su dimensión más alta recordándonos que en la Iglesia todos– absolutamente todos – estamos llamados a la santidad. Hay que decirlo nuevamente con toda claridad: tú bautizado, hijo de la Iglesia, cualquiera sea tu condición, el Señor te llama a ser santo. La Iglesia clama por el testimonio de santidad y valentía de cada uno de sus hijos.

Y son “los santos los verdaderos protagonistas de la evangelización en todas sus expresiones. Ellos son, también de forma particular, los pioneros y los que impulsan la nueva evangelización: con su intercesión y el ejemplo de sus vidas… muestran la belleza del Evangelio y de la comunión con Cristo a las personas indiferentes o incluso hostiles, e invitan a los creyentes tibios, por decirlo así, a que con alegría vivan de fe, esperanza y caridad, a que descubran el «gusto» por la Palabra de Dios y los sacramentos, en particular por el pan de vida, la Eucaristía”. Que el testimonio de los santos peruanos nos anime en este año a aspirar a una vida cristiana cada vez más plena, coherente y santa.

Queridos hermanos, en este año recordamos igualmente los 20 años del Catecismo de la Iglesia Católica. La catequesis es uno de los desafíos centrales, sobre todo cuando la ignorancia religiosa resulta a veces pavorosa. Aún no hemos sabido extraer toda la riqueza catequética de ese precioso instrumento que es el Catecismo Mayor de la Iglesia. Por eso y en respuesta al desafío de la nueva evangelización que nos lanzara el Papa Juan Pablo II y nuestro querido Papa Benedicto XVI tengo la alegría de anunciarles hoy que junto al Cancionero - Devocionario publicado el año pasado, tenemos ya con nosotros el Catecismo Menor de nuestra Prelatura. Se trata precisamente de la aplicación del Catecismo Mayor a nuestra propia realidad pastoral. Y los dos deberán ser de ahora en adelante instrumentos privilegiados para la acción catequética y el apostolado que usemos en la formación de una fe sólida, madura y coherente de niños, adultos y jóvenes.

Evangelizar es también abrirnos con la ayuda del Espíritu Santo a las nuevas iniciativas en la vida de la Iglesia. A lo largo del año habrá varias para nosotros Por poner solo unos ejemplos: en este año queremos implementar especialmente en las misas dominicales el uso del Credo Niceno – Constantinopolitano. Que su profundidad y riqueza animen la profesión de nuestra fe y nos unan más estrechamente a la Iglesia universal. Igualmente desde este Domingo introduciremos en la formula de consagración del vino en la misa las palabras del “pro multis” o “por muchos” para una mayor sintonía con la Iglesia. Agradezcamos al Papa por esta feliz iniciativa. El Santo Padre además ha querido invitarnos a recibir las gracias especiales de las indulgencias en este año; y seguramente tendremos algunas peregrinaciones y encuentros de fe. Además, el próximo año, en Julio, tendrá lugar en Rio de Janeiro la Jornada Mundial de la Juventud y el encuentro de jóvenes de todo el mundo con el Papa Benedicto XVI. Queremos que una delegación de jóvenes de nuestra Prelatura pueda también hacerse presente y traernos la experiencia de la comunión cercana con el Santo Padre y la Iglesia Universal.

Finalmente, queridos hermanos, todos juntos - sacerdotes, religiosas, profesores de religión, catequistas, animadores y fieles todos - trabajemos en una evangelización cada vez más entusiasta, y dinámica, coordinada e integrada. Somos una Iglesia bastante joven; como tal seguramente tenemos que aprender a hacer uso de los nuevos instrumentos, los métodos y las iniciativas pastorales que nuestra Madre la Iglesia nos ofrece en toda su riqueza sin miedo ni complejos. Más bien miremos este horizonte con gran alegría. Conscientes de que “llevamos este gran tesoro en vasijas de barro para que quede constancia que una obra tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros” (2Cor.4,7) lancémonos a vivir intensamente este año de la fe, sabiendo que el Señor y María Santísima nos aseguran su auxilio y compañía.

 


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