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Homilía en la Misa y Te Deum por Fiestas Patrias

Dignas autoridades civiles, políticas y policiales.

Queridos Hermanos y Hermanas en el Señor.

En estos días de fiesta por un aniversario patrio más que Jesús, el Señor de la Historia, nos permite celebrar, la mirada de todos los peruanos se vuelve a nuestra propia nación para sopesar con espíritu de reflexión las dimensiones de la hora que nos toca vivir: el compromiso y las exigencias que requiere el futuro de nuestro pueblo; y esto a la luz del pasado lejano y próximo que hemos dejado atrás y cuyos frutos nutre nuestro presente.

Hablar de la patria es hablar de la tierra de nuestros padres, del legado no solo físico, material y geográfico que nos entregaron nuestros progenitores (costa, sierra y selva; norte centro y sur), sino a su vez de toda esa rica realidad humana, moral y espiritual que de ellos hemos heredado vitalmente: sus singulares valores, los ideales por los que entregaron su vida, la fe que testimoniaron (la vemos reflejada en tantos templos y obras de arte religioso), las altas aspiraciones que descubrieron en su tránsito por esta tierra, que siguieron y que nos enseñaron.

Hablar de patria es hablar de la unidad de una nación que tiene historia: un pasado vivo y presente y de cuyas hondas raíces extrae la vitalidad espiritual para vivir el presente y avanzar hacia el futuro, conjugando nuestras ricas y antiguas tradiciones con lo nuevo del mundo moderno.

Hablar de patria es hablar en nuestro caso de una diversidad de lenguas, culturas, geografías y etnias, que se encuentran en esta realidad que con orgullo llamamos “Perú”,  que no obstante representar un cuadro de gran variedad posee una profunda unidad que nos hace sentirnos a todos peruanos, hijos de este país, hermanos en una nación, poseedores de una misma identidad nacional que bien podemos llamar con la expresión de un hijo de nuestras tierras “peruanidad”.
Hablar de patria peruana es finalmente hablar de la forja de esa identidad que constituye una especial riqueza, única en su género, y que en su semblante más puro nos habla de una “vocación nacional”, de un llamado a desplegar esa identidad en una misión que empeña el futuro de nuestro país. 

He querido mencionar estas características, queridos hermanos, porque me parece que encontrándonos en una hora decisiva para nuestro país, al producirse además un cambio en el gobierno y al vivir una situación de gran necesidad y de expectativas de cara al futuro en esta parte sur de nuestra patria no podemos olvidar estas notas que nos son carísimas al corazón.

Se acercan las elecciones municipales. Y ello avivará una vez más en toda la población el deseo de mejoras y cambios. Traerá así mismo la legítima y democrática competencia entre candidatos, partidos y movimientos que ciertamente deberá estar fundamentada en propuestas realistas, viables y concordes a las necesidades. Aún en medio de estas situaciones no podemos olvidar que somos precisamente esto: una sola patria, una sola familia, una unidad nacional.

Pero, ¿no sentimos que esa unidad sustancial que es propia de un país se ve amenazada en ocasiones por gérmenes de división?

¡Con cuántas necesidades nos encontramos todos al recorrer los provincias, los pueblos y las comunidades de nuestro Puno! ¡Cuántos clamores apremiantes que expresan el reclamo por situaciones más justas, por la posibilidad de un trabajo más digno, por la mejora de sueldos, por una mejor educación, por una mejor atención de la salud, por mayor honestidad y cooperación entre todos, por un mayor desarrollo del campo y por mejores vías de acceso a los rincones de nuestro altiplano y de la selva!

¡Cuántos los problemas que esperan soluciones justas y constructivas para bien de todos!: la violencia familiar, la corrupción, el desempleo, el abuso infantil, la deserción escolar, el abandono de los ancianos, las secuelas negativas de una minería artesanal no adecuadamente organizada ni debidamente controlada, y muchos otros que podríamos mencionar.

Ante un panorama de esta naturaleza, qué fácil sería solamente quedarnos en los reclamos, las protestas, en las mutuas acusaciones de unos contra otros o incluso pasar a reacciones fruto del resentimiento, la frustración y hasta el odio.

La Iglesia, maestra de verdadera humanidad y faro luminoso que puede ofrecer desde la riqueza del evangelio abundantes luces para la vida social y política de una país, en este contexto invoca lo que subyace en el fondo del evangelio de hoy: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien por los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo y que hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia sobre justos en injustos”.

Ella no puede sino invocar a la unidad de nuestro pueblo, a la reconciliación entre hermanos, a la colaboración activa de todos sus hijos en la gesta de superar los escollos nacionales para llegar a ser lo que el Señor quiere, de este país generoso y abundantemente bendecido.

Si tenemos un Padre común, ¿no somos todos hermanos? Si somos hermanos entre nosotros, ¿no es acaso nuestro deber ayudarnos mutuamente? ¿No somos capaces de poner por encima de nuestros intereses particulares el bien común de esta nación tan hermosa? ¿No queremos todos el desarrollo y el progreso? Y, ¿acaso no son éstos responsabilidad de todos los peruanos?  El camino de la división resulta siempre muy fácil. Pero sus frutos son estériles y conducen a la larga a la ruina. No repitamos la historia de Caín que mata a su hermano Abel por envidia y rencillas; ni la de la Torre de Babel, un proyecto humano que fracasa, porque a causa de la diferencia de lenguas nadie llega a entenderse con el que tiene al lado.

En efecto: si aparecen calumnias, sepamos perdonar de corazón. Si hay injusticias sepamos dialogar. Si haya espíritu de división busquemos más todavía los caminos de la unidad. Es esto lo que necesita nuestro Perú. Es este el llamado que hace la Iglesia, respondiendo a lo que requiere nuestra Patria.

¡Cuánto espera Dios Amor de este país! ¡Cuánto quiere Él nuestro progreso y desarrollo! ¡Cuánto desea para todos una auténtica justicia, pero hecha en paz y que conduzca finalmente a una mayor paz!: Paz en los corazones, paz en las familias, paz entre los pueblos.

Que este sea el deseo y la voluntad de todos los peruanos. Empeñémonos en construir juntos para un futuro que sea verdaderamente mejor. No busquemos culpables, más bien hagámonos todos responsables.

El Señor Jesús y su Madre Santísima, la Virgen de Altagracia, nos acompañarán en este cometido. A ellos encomendemos nuestra patria, en sus manos pongamos nuestros esfuerzos sintiéndonos todos hijos de un mismo Padre y hermanos todos en el Señor Jesús.

Que Dios nos bendiga.
 


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